¡Hay que ver cómo se queja
todo el mundo!: que si el
gobierno no actúa con más
energía para garantizar el
orden público, que si la
economía no llega todavía
hasta la sufrida clase media,
que si el clima endiablado de
Lima terminará por matarnos
a todos, que si seguimos
jugando como nunca y
perdiendo como siempre,
etc., etc., etc.
Por si acaso yo también participo, como puede verse, del lamento nacional. Le propongo al lector hacer un pequeño recuento de cuántas veces, por ejemplo ayer, “rajó” de algo o de alguien, al margen de si era con razón o sin ella. Seguramente, después de esta pequeña comprobación personal, caeremos en la cuenta de que también cada uno de nosotros, además de víctimas del negativismo, contribuimos a la marea negra con nuestro grano (o palada) de alquitrán.
Si no tomamos conciencia de que con frecuencia no estamos a la altura de las circunstancias (me refiero a quien no lo esté, claro, o a quien piensa equivocadamente que lo está), es imposible que rectifiquemos. Es necesario, urgente diría, que cada uno vea qué puede hacer para levantar o aclarar, aunque sólo sea un milímetro, la espesa y pesada niebla baja, smock de pesimismo, que tan afanosamente siembran todas las mañanas los medios de opinión escritos, todas las noches los espacios televisivos e intermitentemente los programas de audición.
¿Es malo quejarse? Depende. Si se tiene suficiente base para pensar que uno va a ser escuchado, parece lógico hacerlo, partiendo siempre de que lo que se pretende alcanzar o evitar es legítimo, esto es, ético. Pero no sólo depende de qué se dice sino también de a quién. Armar ruido puede resultar eficaz. Por ejemplo, cortar una carretera o paralizar un país, pone en jaque al gobierno y le obliga a sentarse y negociar; sin embargo, a la vez, es profundamente injusto para los simples ciudadanos que no tienen capacidad para solucionar ningún reclamo. Esto es sencillamente extorsionar y resulta inmoral, se tome por donde se tome. No se puede perturbar a inocentes terceros para conseguir que la autoridad escuche, eso es usarlos como escudo cobarde. Aún no hemos terminado el análisis, pues también hay que considerar el cuándo: cortar la luz de un quirófano en plena intervención quirúrgica, aunque se tenga todo el derecho del mundo, es inhumano y por lo tanto vulnera todos los valores y principios.
Me parece que hasta aquí estará de acuerdo cualquier empresario que lea estas líneas, pero su pregunta seguramente será: ¿Puede la empresa hacer algo al respecto? La respuesta es: sí y mucho. La empresa, en mi opinión, es de las pocas, sino la única institución que ha demostrado eficacia y que en líneas generales se mantiene sana y tiene una definitiva influencia en el comportamiento de gran parte de la población activa del país, constituyéndose en transformador privilegiado de su cultura. La empresa, creo que puede y debe formar a sus componentes, sobre la base del diálogo y el ejemplo, a usar bien el poder que cada persona tiene debido a sus características o a su posición en los diversos escenarios.
Toda empresa seria sabe que la unidad es el secreto de su supervivencia por muy duras que sean las condiciones del mercado, pero la unidad no es el criterio último ni máximo. Antes están la verdad y el bien, pues son valores más absolutos. Si no hay verdad y bien, la pretendida unidad se convierte en uniformidad alrededor de objetivos más o menos nefastos y el resultado es tan tristemente eficaz como la peste. Por lo tanto, la verdad y el bien son las coordenadas con respecto a las que hay que situar y medir cualquier conducta. En la empresa se aprende a compartir y a ayudar y a hacer equipo, y también se aprende a reclamar con orden, fuerza y paciencia. Si la empresa –cualquier mando– no atiende con diligencia un problema, sabe por experiencia, que está incubando en sus manos otro problema mayor que el anterior, así que ya tiene dos problemas. ¿Suelen solucionar las empresas, las situaciones conflictivas que se les presentan? Por supuesto que sí y la prueba es el bajo nivel de sindicación de tipo clasista y, sobre todo, de huelgas, que tenemos en el país.
Como puede deducirse, la empresa tiene mucho que hacer y en parte ya lo hace, en la educación de los peruanos, pero también debe aprender el gobierno a actuar con los valores genuinos de cualquier empresa: orden, previsión, organización, atención, productividad, calidad, servicio, trabajo y sobre todo, como ya hemos dicho: verdad y bien (por si acaso alguien no lo recuerda: la mentira, el palabreo, la retórica y la “mecida”, son contrarios a la verdad. Y el favoritismo, la “trafa” el robo y la difamación son opuestos al bien).
(*) Director del Programa Master en Dirección de Empresas para Ejecutivos (MEDEX) del PAD Escuela de Dirección de la Universidad de Piura. Ha publicado artículos sobre su especialidad en periódicos y revistas, es autor del libro “Ética para Empresarios” y coautor del libro “Gobierno de Personas en la Empresa”.