El desarrollo de la vida y
de la sociedad en nuestro planeta está obligando
a que reforcemos ciertos paradigmas y patrones de
conducta del ser humano. Uno de
estos es el prestar atención al cuidado y
preservación de nuestro medio ambiente.
Hasta hoy, las empresas y los empresarios
han dedicado todos sus esfuerzos a la producción
de más y mejores productos y servicios para
satisfacer las necesidades del mercado. Esto ha
tenido como consecuencia que se desarrollen nuevos
productos y tecnologías, equipos e insumos
pero, también, que se incrementen los desechos.
La proliferación e incremento
de los productos descartables, las pilas o baterías,
equipos electrónicos, los residuos industriales,
la generación de humos y aguas residuales,
derrames, el crecimiento urbano, etc., está
causando que nuestro hábitat se congestione
y deteriore. Por supuesto que nuestra salud también
se afecta negativamente por el impacto de este deterioro.
Recién en estas últimas
décadas es que el mundo ha caído en
cuenta de esta situación y se han comenzado
a tomar medidas al respecto en procura de, al menos,
controlar este ataque a la naturaleza
y a nuestro planeta.
Es así que comienzan a surgir
convenios y compromisos internacionales en los cuales
se empiezan a poner restricciones, controles, e
incluso acuerdos para eliminar la producción
y uso, a ciertos productos químicos y residuos
peligrosos, insumos, equipos, y procesos de producción.
Es en este contexto, que se inicia
el control a la generación de los llamados
gases de efecto
invernadero (principalmente el
monóxido de carbono y metano) que ocasionan
cambios climáticos y afectan la biodiversidad,
el control de los movimientos transfronterizos de
los desechos peligrosos y su progresiva eliminación,
la reducción y eliminación de algunos
plaguicidas, productos químicos peligrosos
y los contaminantes orgánicos persistentes
(COPs), la disminución o descontinuación
de los compuestos denominados clorofluorocarbonos
debido a su capacidad para destruir el ozono de
las capas superiores de la atmósfera terrestre
y que nos es necesario para protegernos del exceso
de radiación ultravioleta proveniente del
sol, entre los principales acuerdos multinacionales
y de los cuales nuestro país es signatario.
Es aquí donde nuestro rol
de hombres de empresa cobra especial importancia.
Somos nosotros los responsables de cuidar y proteger
el ambiente que rodea a nuestras familias y a nuestro
personal.
Debemos tener especial cuidado
en adecuar nuestros sistemas productivos y operativos
a fin de no seguir contribuyendo con el deterioro
del ambiente y de nuestra calidad de vida.
Es necesario que actuemos responsablemente,
mejorando nuestros procesos a fin de disminuir residuos
y pérdidas, utilizar tecnologías limpias,
no intermediar ni colocar en el mercado productos
nocivos para el medio ambiente y la salud.
Sólo así aseguraremos
para nuestro país y nuestro planeta un desarrollo
sostenible que permita a nuestros hijos y a los
hijos de nuestros hijos el poder continuar disfrutando
de los bienes y beneficios que nuestro planeta nos
brinda.
Por lo tanto, debemos ser conscientes
que cualquiera sea el monto que debamos destinar
para adecuarnos en este sentido, no es un gasto
sino una inversión. Esta adecuación
habrá de permitirnos, además, ser
más competitivos en nuestros mercados que
cada día condicionan más sus necesidades
al cumplimiento y observancia de las diversas normatividades
ambientales.
Empecemos de una vez por conocer
cuál es nuestra situación en todo
este tema y tomemos las medidas necesarias para
ser mejores empresarios y ciudadanos.