Si aspiramos a un
crecimiento sostenido en una economía libre y competitiva
que garantice el desarrollo, es decir, progreso
económico y equidad social, es indispensable contar
con una Política de Estado Permanente que
involucre todas las actividades de la vida nacional.
De este modo, será posible no sólo institucionalizar
el país para consolidar la democracia, sino también
evitar el comportamiento pendular de nuestra economía
y política, que en desmedro de la necesaria estabilidad
nos ha hecho fluctuar entre los extremos del populismo
y del liberalismo.
Un paso previo para
ello es definir la nueva Constitución, con un texto
conciso que contenga los grandes lineamientos de
política y así soslayar los cambios que se dan en
la Ley de las Leyes con un promedio de cada tres
lustros, como ha sucedido en los 181 años de vida
republicana generando una permanente inestabilidad.
Estados Unidos por
ejemplo ha mantenido los principios fundamentales
de su Carta Magna con obvias adecuaciones al contexto
histórico desde 1776, lo que le ha dado al gran
país del norte la solidez económica y política que
ostenta.
Los agentes económicos,
los inversionistas y las instituciones del país
requieren del escrupuloso respeto al Estado de Derecho,
lo que se fundamenta en la seguridad jurídica y
en la preservación de reglas claras y estables.
En este contexto,
los grandes objetivos de asegurar la gobernabilidad,
el crecimiento y desarrollo, la competitividad,
el desarrollo de las instituciones y la ética pública
en el país establecidos en el Acuerdo Nacional,
constituyen sin duda loables propósitos que marcan
la hoja de ruta para los próximos 20 años.
En realidad nadie
podría estar en contra de estos temas que son aspiraciones
generales, pero para materializarlos es indispensable
establecer las correspondientes acciones fijando
metas y un cronograma para su cumplimiento. Para
ello se requieren adoptar las siguientes decisiones
fundamentales:
limitando la competitividad
del país.
Asimismo el Ejecutivo
y el Congreso de la República, sin menoscabo
de la autonomía de poderes, deben establecer
con sentido patriótico y al margen de todo
cálculo político, una permanente coordinación
en la elaboración, debate y aprobación
de las normas que requiere el país.
Una solvente administración
exige además mantener la disciplina fiscal
que conlleva un escrupuloso equilibrio presupuestal
con una mayor eficiencia y eficacia en el gasto
público, así como la culminación
de las reformas estructurales, enfatizando la mejora
de la educación y la salud, para optimizar
la productividad y la eficiencia económica
del país.
De igual modo, en la actual coyuntura el país
entero espera de los más altos niveles de
gobierno, liderazgo y rápidos reflejos en
la toma de decisiones y que gobierne y administre
adecuadamente y con pulcritud las leyes y los recursos
del país, sin menoscabo de las investigaciones
para sancionar con la mayor severidad los actos
de corrupción.
Dentro de estos parámetros,
además de presentar el Plan de Trabajo del
nuevo Gabinete, el premier Luis Solari, debe diseñar
en su informe ante el Congreso de la República,
las bases para la formulación de un Plan
Nacional de Desarrollo para el mediano y largo plazo.
Este Plan debe comprender una agenda mínima
para el corto plazo, que permita al gobierno
resolver los problemas coyunturales que tienen que
ver fundamentalmente con la reactivación
de la economía, para combatir el desempleo
y el subempleo.
Precisamente por
la ausencia de estas previsiones, nuestra gran tragedia
ha sido y es que, en una especie de mesianismo,
todo nuevo Gobierno quiere inventar el Perú.
Por ello, ha llegado
el momento que a través de una Política
de Estado que permanezca en el tiempo, se garantice
la continuidad del país, preservando lo bueno,
perfeccionando lo rescatable y dejando de lado lo
que no sirve, porque el Perú no comienza,
ni termina con nosotros.
Lima, julio de 2002
Javier
Aida Susuki Presidente de la
Cámara de Comercio de Lima
Definir el rumbo de la economía teniendo en cuenta
la apertura de los mercados en un proceso irreversible
de globalización.
Ello implica evitar medidas que generen desconfianza
en los agentes productivos, como son el retorno
a la rigidez de las normas laborales y la persistencia
de un sistema tributario injusto, que elevan los
sobrecostos de las empresas,