En circunstancias
especiales como ésta, en que culminamos
una gestión que comprometió
nuestro constante esfuerzo por mejorar y diversificar
los servicios de La Cámara e impulsar
su liderazgo, nos invaden encontrados sentimientos
de nostalgia y alegría.
De nostalgia, porque nos alejamos de un quehacer
que nos unió e hizo partícipes
de los proyectos institucionales y consecuentemente
nos identificó con las más sentidas
aspiraciones de los asociados.
De alegría, porque al recuperar el
tiempo que le asignamos a la institución,
lo dedicaremos en adelante al quehacer empresarial,
personal y familiar.
Como dirigente siempre me he preguntado qué
es lo que impulsa a un empresario a asumir
una responsabilidad institucional, a pesar
de tener ya suficientes preocupaciones con
sus propias actividades.
La respuesta
es que, a pesar de que como empresarios somos hombres
pragmáticos, en el fondo también construimos
utopías.
Nos preocupamos así, no sólo por la
mejora de nuestras empresas y consecuentemente de
nuestros trabajadores, sino también por el
destino de la comunidad que nos congrega, que al
fin de cuentas significa preocuparnos por el futuro
de nuestro país.
Creo yo por eso, que los empresarios que en todo
momento buscamos resultados concretos, estamos hechos
de una fibra especial, porque teniendo siempre los
pies en la tierra, no dejamos de soñar con
la cabeza en las nubes.
No voy a referirme a los logros de La Cámara
en la gestión que nos tocó cumplir,
pues todos ustedes son testigos de lo alcanzado
gracias a vuestras iniciativas e invalorable respaldo.
Como ustedes pueden dar testimonio, los últimos
tiempos son particularmente difíciles para
las empresas, tanto por los efectos de una recesión
que se prolonga por más de 4 años,
como por ciertos cambios populistas que se vienen
implementando.
Pero si bien estas contingencias causan sobresalto,
no por ello doblegan el tesón y el espíritu
emprendedor que caracterizan a los hombres de empresa
del Perú.
Los empresarios pese a las crisis cuando no a las
incomprensiones hemos apostado por el Perú
y lo seguiremos haciendo, porque ésta es
la Patria de nuestros padres, de nosotros, de nuestros
hijos y de los hijos de nuestros hijos. El valor
de vuestro esfuerzo y desprendimiento demostrados
para servir a los demás a través de
esta centenaria institución, en realidad
no tiene precio, ya que la solidaridad no se pesa,
ni se mide, sólo se valora en la conciencia
de los hombres. En consecuencia, permítaseme
en esta hora de reminiscencias agradecerles su oportuno,
como certero e invalorable consejo y apoyo, que
permitieron poner en práctica iniciativas
que han ubicado a nuestra institución a la
vanguardia del liderazgo empresarial.
Al concluir nuestra gestión, dejamos la Cámara
de Comercio de Lima en manos de Javier Aida Susuki,
dilecto y caballeroso amigo.
Estamos seguros que él sabrá conducir
a buen puerto los destinos de la institución
en estos momentos especiales que vive el país,
con el tesón, la constancia y el particular
brillo que todos le conocemos.