Por
Eduardo Lastra Domínguez*
Hay
consenso respecto a que estamos sufriendo los
efectos de una indeseada recesión, que
se abandonaron las reformas estructurales y
que recién con la gestión del
gobierno de transición encabezado por
el constitucionalista Valentín Paniagua
Corazao se comienza a respirar un clima democrático.
En respuesta a esta situación y en orden
a su urgencia, lo primero que debe hacerse es
reactivar la economía. Ciertamente que
para ello se tiene un estrecho margen de maniobra,
cara al manejo responsable del equilibrio fiscal
y monetario.
Sin embargo, la constatación de que las
empresas y las familias (en su mayoría)
hemos "tocado fondo" ponen en el primer
lugar de la agenda la atención de las
demandas sociales.
En ese sentido, el equipo económico del
próximo presidente constitucional tiene
la desafiante tarea de diseñar y aplicar
una política económica realmente
pragmática, que sin descuidar la esencia
de las leyes del mercado restituya las funciones
normativas y reguladoras del Estado, con la
finalidad de poner la economía al servicio
de la persona, en ese afán de materializar
el tan mentado rostro humano de la próxima
gestión gubernamental, justamente nacida
desde la protesta de los "cuatro suyos".

Como la emergencia no debe hacer olvidar lo
importante, al lado de programas temporales
de empleo productivo, la dinamización
agresiva de las obras de construcción
y el uso intensivo de la capacidad ociosa industrial,
tiene que atenderse las reformas estructurales,
cuya implementación es lo que hará
sostenible al proceso de crecimiento económico.
Frente a una opción de desarrollo donde
la iniciativa y la actividad privadas son las
responsables de la generación de empleo
y por tanto de riqueza, la competitividad es
la clave. Para que ella se dé a plenitud.
El Estado tiene que garantizar el más
libre juego de la competencia para que los consumidores
dispongan de los bienes y servicios de la mejor
calidad a precios cada vez menores.
Es en este espíritu que, las privatizaciones
y concesiones pendientes tienen que ser entendidas
y ejecutadas, antes que como una fuente de ingresos
para la caja fiscal, ni altas remuneraciones
para los funcionarios "privatizadores",
como un medio de fortalecer los mercados y servir
al consumidor.
En este mismo orden de ideas, la colosal tarea
de reformar el Estado tiene que ir más
allá de una simple modificación
de organigramas o reducción de ministerios
y despido de trabajadores, para concebir un
aparato burocrático al servicio de los
ciudadanos de carne y hueso. Necesitamos una
administración pública moderna,
comprometida con hacerle la vida fácil
al empresario, al trabajador, al simple hombre
de la calle. Queremos funcionarios públicos
capacitados con actitud de servicio y honestos,
que en contrapartida a ese desempeño
reciban remuneraciones decentes.
Iniciar, lo antes posible, el esfuerzo por la
verdadera descentralización de nuestro
país, brindará una oportunidad
invalorable para generar una dinámica
de aprendizaje entre los trabajadores del gobierno
central, regional y municipal, en la eficiencia
y eficacia administrativa, que bajo la mirada
vigilante de una sociedad civil más activa,
también consolidarán los valores
éticos de quienes trabajan desde Estado
para la ciudadanía.
Pero como ya sabemos que no sólo de pan
vive el hombre, la convivencia civilizada es
muy importante. Para que podamos respirar permanentemente
un clima democrático la institucionalidad
es fundamental.
Para que haya institucionalidad tienen que existir
instituciones sólidas y respetables.
Comenzando desde los poderes del Estado, hasta
las familias, pasando por los gremios y las
organizaciones políticas.
Cuando veamos que el diálogo (y hasta
la discusión) se produce de manera respetuosa
tanto intra como inter institucionalmente; cuando
sean frecuentes las sugerencias para resolver
los problemas nacionales y estos aportes sean
valorados por las autoridades; cuando los actos
de corrupción sean socialmente reprochados
y la justicia sancione a los culpables, entonces
se estará poniendo las bases de una auténtica
vida democrática.
El presidente Alejandro Toledo tiene la preciosa
oportunidad de hacer que las expectativas positivas
por su elección se consoliden en la satisfacción
aceptable de las necesidades urgentes y poner
las primeras piedras de un futuro sin miseria
ni ignorancia.
* Presidente del ILADE y director de la Revista
AVANCE ECONOMICO.