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Julio 2001 -  No. 2299

Revista 2299

Era una tarde de otoño cuando fue al dársena pensando en lo que tenía que hacer. ¿Cómo salir de ese embrollo? Todo había pasado tan rápido que su capacidad de reacción fue tardía.
Llegó a un muro y se apoyó sobre él. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero su mente era una fábrica de pensamientos, reflexiones y hasta lamentos. Un cálido viento calentaba lentamente su curtido rostro, mientras él seguía mirando aquel horizonte, donde muchas veces lo había alcanzado e incluso pasado con "La Cibeles", el viejo yate de su padre.
Estuvo una hora o tal vez cinco. Eso no interesa, ante tales circunstancias el tiempo no puede registrarse. Era lo mismo un día o una semana, después de todo, no había casi nada por hacer.
Lo que más le incomodaba era que antes había estado en situaciones parecidas y había salido airoso. Esta vez, estaba tan perturbado que todo le molestaba. Hasta su conciencia leincriminaba y lo sentenciaba con: "Todo lo que se siembra se cosecha".
¿Acaso su problema no tenía solución? Tenía una fama de "conquistador", virtud o defecto que lohabían metido en muchos problemas.
Estaba tan ensimismado que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor.
- ¡Marcelo! ¿Qué haces?
Bruscamente, reconoció esa voz que lo hizo volver a la realidad.
- ¿Gaby, qué haces aquí?
- Tu hermano me dijo que estabas aquí.
- ¿Qué pasa? ¿Tienes problemas?

- ¡No, nada malo pasa! Sólo que el jueves tengo que guiar a un grupo de muchachos, pero mi padre quiere que lo acompañe por dos días. Tú sabes que el turismo es muy importante para mí. Pero no pasa nada. Vamos, tengo hambre, "Kenko" nos espera.
- Te vi tan concentrado ..
- ¿Yo? ...
En el camino, el Fiat Uno corrió a 70 por hora, mientras ella le decía lo mismo de siempre. Gaby era la madre de su pequeño hijo, aún bebé.
Sin embargo, Marcelo sabía que no había resuelto nada. Mientras acariciaba sus delgadas y frías piernas, pensaba sí, pero no en ella. Ya todo estaba consumado y él lo sabía.
Recordó cómo empezó todo. Fue en el vuelo 519, cuando llegó de Lima. Ella estaba sentada al lado de un sacerdote con quien conversaba en voz baja. En ese vuelo, él no durmió. La miraba cada vez que ella se levantaba de su asiento. Luego ambos se miraron y ella sonreía. Eso fue hace cinco meses.
Llegaron a ser buenos amigos. Al principio, la visitaba de vez en cuando, luego casi todos los días. Siempre había una consulta por hacer o un problema por resolver.
Aprendió que los hombres son personas comunes y corrientes, que no importa el lugar dónde estén o lo que son, siempre serán personas con necesidades y con sentimientos por compartir.
Probablemente, en algún lugar de Madrid, ella estaría pidiendo perdón por un delito que no cometió, pero que lo sintió hasta convencerse que la felicidad también tiene otras facetas aún por explorar.
Esa noche, mirando al mar, Marcelo recordó a Sor Claudia, aquella mujer que conoció en el avión.

*Por César Sánchez

 

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