Era
una tarde de otoño cuando fue al dársena
pensando en lo que tenía que hacer. ¿Cómo
salir de ese embrollo? Todo había pasado
tan rápido que su capacidad de reacción
fue tardía.
Llegó a un muro y se apoyó sobre
él. Su mirada estaba fija en el horizonte,
pero su mente era una fábrica de pensamientos,
reflexiones y hasta lamentos. Un cálido
viento calentaba lentamente su curtido rostro,
mientras él seguía mirando aquel
horizonte, donde muchas veces lo había
alcanzado e incluso pasado con "La Cibeles",
el viejo yate de su padre.
Estuvo una hora o tal vez cinco. Eso no interesa,
ante tales circunstancias el tiempo no puede
registrarse. Era lo mismo un día o una
semana, después de todo, no había
casi nada por hacer.
Lo que más le incomodaba era que antes
había estado en situaciones parecidas
y había salido airoso. Esta vez, estaba
tan perturbado que todo le molestaba. Hasta
su conciencia le
incriminaba
y lo sentenciaba con: "Todo lo que se siembra
se cosecha".
¿Acaso su problema no tenía solución?
Tenía una fama de "conquistador",
virtud o defecto que lohabían metido
en muchos problemas.
Estaba tan ensimismado que no se daba cuenta
de lo que ocurría a su alrededor.
- ¡Marcelo! ¿Qué haces?
Bruscamente, reconoció esa voz que lo
hizo volver a la realidad.
- ¿Gaby, qué haces aquí?
- Tu hermano me dijo que estabas aquí.
- ¿Qué pasa? ¿Tienes problemas?
-
¡No, nada malo pasa! Sólo que el
jueves tengo que guiar a un grupo de muchachos,
pero mi padre quiere que lo acompañe
por dos días. Tú sabes que el
turismo es muy importante para mí. Pero
no pasa nada. Vamos, tengo hambre, "Kenko"
nos espera.
- Te vi tan concentrado ..
- ¿Yo? ...
En el camino, el Fiat Uno corrió a 70
por hora, mientras ella le decía lo mismo
de siempre. Gaby era la madre de su pequeño
hijo, aún bebé.
Sin embargo, Marcelo sabía que no había
resuelto nada. Mientras acariciaba sus delgadas
y frías piernas, pensaba sí, pero
no en ella. Ya todo estaba consumado y él
lo sabía.
Recordó cómo empezó todo.
Fue en el vuelo 519, cuando llegó de
Lima. Ella estaba sentada al lado de un sacerdote
con quien conversaba en voz baja. En ese vuelo,
él no durmió. La miraba cada vez
que ella se levantaba de su asiento. Luego ambos
se miraron y ella sonreía. Eso fue hace
cinco meses.
Llegaron a ser buenos amigos. Al principio,
la visitaba de vez en cuando, luego casi todos
los días. Siempre había una consulta
por hacer o un problema por resolver.
Aprendió que los hombres son personas
comunes y corrientes, que no importa el lugar
dónde estén o lo que son, siempre
serán personas con necesidades y con
sentimientos por compartir.
Probablemente, en algún lugar de Madrid,
ella estaría pidiendo perdón por
un delito que no cometió, pero que lo
sintió hasta convencerse que la felicidad
también tiene otras facetas aún
por explorar.
Esa noche, mirando al mar, Marcelo recordó
a Sor Claudia, aquella mujer que conoció
en el avión.
*Por
César Sánchez