La
reciente alza de las tarifas telefónicas
autorizadas por OSIPTEL ha puesto nuevamente
en el centro del debate el rol de los organismos
reguladores.
Hay quienes piensan (mayormente los consumidores),
que su función es impedir el alza de
las tarifas y otros quienes opinan (generalmente
sectores del gobierno) que por lo mismo deben
depender del ministerio del respectivo sector
(energía, telecomunicaciones, infraestructura).
Esta
situación no hace otra cosa que evidenciar
la urgente necesidad de que
se aclare ante la opinión pública,
como lo acaban de adelantar voceros del gobierno,
cuál es el verdadero rol y para qué
fueron creados los organismos reguladores.
En términos objetivos, el papel de los
organismos reguladores es cautelar que se mantenga
un justo equilibrio a fin de evitar extremos
como serían, de parte del Estado, exigir
que se fortalezcan los beneficios del servicio
a la sociedad -lo que provocaría pérdidas
a las empresas concesionarias-, o, del otro
lado, que éstas prioricen la obtención
de utilidades perjudicando a los usuarios con
tarifas altas.
Para
cumplir este rol, los organismos reguladores
deben contar con absoluta independencia del
Estado, de los usuarios y de las empresas de
operadoras. La única manera de garantizarlo
es otorgándoles rango constitucional,
con plena autonomía operativa y presupuestal.
De esa única manera los organismos reguladores
podrán actuar al margen de cualquier
influencia o presión de las autoridades
políticas de turno, de las empresas operadoras
del servicio e incluso de los propios
usuarios.
La Cámara de Comercio de Lima conceptúa
que en esta era de la globalización,
en que el rol de la iniciativa privada cobra
mayor protagonismo, se debe transferir a la
sociedad civil las funciones y responsabilidades
que la burocracia le expropió durante
años, a fin de consolidar la democracia
y modernizar la economía.
Otra necesidad es que tanto los entes reguladores
como las empresas concesionarias entiendan la
importancia de contar con un flujo permanente
y transparente de información acerca
de la estructura del costo de las tarifas y
de la tecnología incorporada para optimizar
los servicios.
Las empresas operadoras deben reconocer que
cuando se les otorga a través de un proceso
de privatización o concesión la
prestación de un servicio público,
están aceptando un negocio regulado,
que por lo demás queda registrado en
el contrato correspondiente.
Por su parte, los organismos reguladores deben
entender que su función no es impedir
el alza o bajar las tarifas, sino regularlas
preservando la calidad de los servicios, en
armonía con los intereses de los usuarios
y con los legítimos excedentes que requieren
las operadoras para mejorar y ampliar su cobertura
y obtener utilidades. Además, supervisar
el correcto cumplimiento de los contratos pertinentes.
Países
como Gran Bretaña y Nueva Zelanda asumieron
estos principios desde hace muchos años
y hoy constituyen sociedades muy adelantadas
por el fortalecimiento de su democracia y la
modernización de sus economías.
Esto les ha permitido no solo nuevos paradigmas
y valores, que les dan una visión distinta
del mundo, sino también la diseminación
de la propiedad y consecuentemente elevar la
calidad de vida.
PROPUESTAS
En este contexto y por la trascendencia del
tema, la Cámara de Comercio de Lima propone
lo siguiente al gobierno que asumirá
la conducción del país el próximo
28 de julio.
Institucionalizar a los organismos reguladores
otorgándoles rango constitucional similar
al que tienen el BCR y la Contraloría
General de la República. Mientras tanto,
se les debe garantizar su plena autonomía
operativa y presupuestal, a fin de que estos
factores no se conviertan en instrumento de
presión o manipulación.
Precisar en la norma correspondiente, que los
miembros de los directorios de los organismos
reguladores no tienen por qué consultar
sus decisiones a los ministros, ni a ninguna
otra instancia, a fin de que l manejo de las
tarifas esté lejos de cualquier influencia
política, que finalmente es nociva a
la marcha de la economía. En tal sentido,
los directorios de los organismos reguladores
deben estar integrados por profesionales estrictamente
técnicos, muy calificados y políticamente
neutrales.
Incorporar de igual modo en la normatividad,
dispositivos para que los organismos reguladores
puedan actuar también como agencias de
competencia, a fin de tener capacidad resolutiva
en los conflictos y contar con mecanismos cautelatorios
para hacer valer sus decisiones.
Garantizar por parte del Estado y las empresas
operadoras la mayor transparencia en el flujo
de información a los organismos reguladores,
a fin de que sus decisiones respondan cabalmente
a la realidad económica y social del
país. Esto hará posible que estos
organismos tengan el suficiente conocimiento
y autoridad para
fijar
las tarifas, así como exigir la preservación
de la calidad de los bienes y servicios que
regula y ganar credibilidad y confianza no solo
de los inversionistas, sino también de
los agentes económicos, de los usuarios
y de la sociedad en su conjunto.
Iniciar cuanto antes una campaña educativa
con el apoyo de las escuelas, las universidades,
los gremios empresariales y, sobre todo, los
medios de comunicación, a fin de que
se tome conciencia de la necesidad de transferir
a la sociedad civil las funciones y responsabilidad
que le competen, pues ello garantiza de manera
genuina la democratización de la toma
de decisiones y consecuentemente del gobierno
y la economía. En este sentido, la CCL
reitera su apoyo a la iniciativa del Presidente
Paniagua de instalar la Mesa de Diálogo
y Concertación incluyendo a la sociedad
civil. Sólo de este modo será
posible constituir nuevos paradigmas y valores
para preservar la trascendencia de la persona
humana en una sociedad libre y democrática,
y evitar el retorno del autoritarismo y la corrupción.
La Cámara de Comercio de Lima formula
estos planteamientos persuadida de que el progreso
económico y de la democracia, no resultan
de un Estado grande y de una sociedad civil
disminuida, sino más bien de un Estado
eficiente y eficaz y de una sociedad civil fuerte,
a la que un régimen de libertades y competencia
debe abrir múltiples oportunidades, dinamizando
la producción para la creación
de más riqueza.
Con esta concepción de la democracia,
se garantizan la libertad económica y
la libertad política.