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Miss Pat,
la
florista
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La
conocí un sábado en la mañana,
cerca al mercado de las flores, entre la estación
del ferrocarril que va a Macchu Picchu y el
centenario colegio Garcilaso.
Nadie sabía su nombre, pero los alumnos
la conocían como la florista. Era delgada,
alta y casi siempre usaba un vestido crema
que hacia resaltar el castaño oscuro
de sus largos cabellos.
Una vez, se puso una blusa azul y un pantalón
blue jean, tipo pescador. Según dicen,
fue la mujer más hermosa que habían
conocido. Las mujeres ya no le hablaban, pero
la miraban.
- Fue
para impresionar a los gringos.
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| Por
:César Sánchez Martínez
Comentó Jhonson Quispe,
un muchacho de unos 16 años, que se
había criado con sus abuelos porque
desconocía quien era su padre.
- Probablemente
fue un alemán o un argentino, pero
gringo siñor.
Afirmó con seguridad, haciendo alarde
de su mal pronunciado inglés: "¿What
time is it?".
Sonreí y caminé hacia el viejo
hotel Inti Inn, a media cuadra de la Plaza
de Armas.
En la noche, mientras miraba a los danzantes
del Centro Cultural Qosqo, la ví nuevamente.
Estaba sola, vestida de crema, mientras una
flor adornaba su cabello. Parada en el centro
de uno de los portales era la ocasión
propicia para una postal.
Me
acordé de Jhonson, peculiar nombre
para un niño de rasgos mestizos. Sabía
que algunos turistas ilusionaban a las jóvenes
del lugar y que por un par de dólares
las engañaban. Las consecuencias se
reflejaban nueve meses después.
Pensando en esa realidad, la perdí
de vista. Sólo estaban los portales.
Tampoco se escuchaba la música. Entré
a un café y leí a Maust.
Al día siguiente volví a la
parada del ferrocarril.
-
Compre flores siñor.
- Una rosita para su casita, compre por favor.
Eran las voces de varias niños que
sabía que no era del lugar. Lo vi a
Jhonson y le pregunté por ella.
-
Pero eso cuesta siñor.
Me contestó muy suelto de huesos.
Le propuse un buen negocio. Le entregaba un
cassette de José Luis Perales y le
financiaba un almuerzo, a cambio de recibir
toda la información requerida.
Trato hecho.
Sólo descubrí que todos los
días compraba flores y que llegaba
religiosamente a las 11 de la mañana.
Así pasaron los días y las semanas.
La veía de vez en cuando en el mercado
de flores en la mañana y en los portales
en la noche.
Un día, en el café de siempre,
mientras bebía un vino tinto, la vi
entrar. Nos miramos, la saludé y hablamos
de Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Pablo
Milanés, el profeta Jeremías
y hasta de las prostitutas de la Av. Arequipa
en Lima.
En la madrugada se fue. Esa misma mañana
regresaba a Madrid, después de tres
largos meses en el Perú. Me quedé
con el vino, con su perfume y con su nombre:
Miss Pat.
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