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  Ultima Página Enero 2001 -  No. 2294 Revista 2294
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Miss Pat,
la florista

La conocí un sábado en la mañana, cerca al mercado de las flores, entre la estación del ferrocarril que va a Macchu Picchu y el centenario colegio Garcilaso.

Nadie sabía su nombre, pero los alumnos la conocían como la florista. Era delgada, alta y casi siempre usaba un vestido crema que hacia resaltar el castaño oscuro de sus largos cabellos.

Una vez, se puso una blusa azul y un pantalón blue jean, tipo pescador. Según dicen, fue la mujer más hermosa que habían conocido. Las mujeres ya no le hablaban, pero la miraban.
- Fue para impresionar a los gringos.
Por :César Sánchez Martínez

Comentó Jhonson Quispe, un muchacho de unos 16 años, que se había criado con sus abuelos porque desconocía quien era su padre.

- Probablemente fue un alemán o un argentino, pero gringo siñor.

Afirmó con seguridad, haciendo alarde de su mal pronunciado inglés: "¿What time is it?".

Sonreí y caminé hacia el viejo hotel Inti Inn, a media cuadra de la Plaza de Armas.

En la noche, mientras miraba a los danzantes del Centro Cultural Qosqo, la ví nuevamente. Estaba sola, vestida de crema, mientras una flor adornaba su cabello. Parada en el centro de uno de los portales era la ocasión propicia para una postal.

Me acordé de Jhonson, peculiar nombre para un niño de rasgos mestizos. Sabía que algunos turistas ilusionaban a las jóvenes del lugar y que por un par de dólares las engañaban. Las consecuencias se reflejaban nueve meses después.

Pensando en esa realidad, la perdí de vista. Sólo estaban los portales. Tampoco se escuchaba la música. Entré a un café y leí a Maust.

Al día siguiente volví a la parada del ferrocarril.

- Compre flores siñor.
- Una rosita para su casita, compre por favor.


Eran las voces de varias niños que sabía que no era del lugar. Lo vi a Jhonson y le pregunté por ella.
- Pero eso cuesta siñor.

Me contestó muy suelto de huesos.

Le propuse un buen negocio. Le entregaba un cassette de José Luis Perales y le financiaba un almuerzo, a cambio de recibir toda la información requerida.
Trato hecho.

Sólo descubrí que todos los días compraba flores y que llegaba religiosamente a las 11 de la mañana.

Así pasaron los días y las semanas. La veía de vez en cuando en el mercado de flores en la mañana y en los portales en la noche.

Un día, en el café de siempre, mientras bebía un vino tinto, la vi entrar. Nos miramos, la saludé y hablamos de Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Pablo Milanés, el profeta Jeremías y hasta de las prostitutas de la Av. Arequipa en Lima.
En la madrugada se fue. Esa misma mañana regresaba a Madrid, después de tres largos meses en el Perú. Me quedé con el vino, con su perfume y con su nombre: Miss Pat.


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