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Letras

Enero 2001 -  No. 2294

Revista 2294


SARAMAGO en Lima

"Más allá de la superficie de las cosas es que las cosas están y la superficie es sólo eso, la superficie". Con estas palabras que expresan su forma de concebir la vida, José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922) Premio Nobel de Literatura 1998 pasó por Lima, dejándonos el mensaje de su humanismo, el testimonio de un hombre extraviado en este siglo de progreso material. Pero no vino con las manos vacías, nos trajo su más reciente obra: La caverna

 

La zona de usos múltiples (ZUM) de la Universidad de Lima sirvió de escenario para el acontecimiento cultural del año: la presencia del Nobel de Literatura portugués en nuestra capital. Saramago, quien estuvo acompañado del filósofo Miguel Giusti y del escritor Alonso Cueto, habló ante un abigarrado auditorio con un lenguaje fluido, el mismo que no resulta difícil asociar a ese tono con el que ha hecho de la narración un verdadero arte.
En palabras de Alonso Cueto: "Saramago es un escritor del siglo XIX que escribe para el siglo XXI. Sin embargo, es un escritor preocupado por su tiempo. Como para Dickens y Balzac, los principios, la moral, la ética, no son para él temas pasados de moda". Es verdad, Saramago no teme incurrir en aquello que para otros puede ser un anacronismo: darnos la oportunidad de encontrar el contenido moral de sus textos y entrever incluso la moraleja que subyace en ellos. En esta entrega describe el mundo moderno teniendo como eje ese auténtico símbolo de estos tiempos de consumismo: el centro comercial.

EL CENTRO
Para este genial escritor portugués, el Centro, representado en su novela por una gigantesca construcción de 48 pisos y una construcción subterránea de 10 niveles, es el símbolo de estos tiempos de absoluta deshumanización.
Es prácticamente el único espacio público que queda y ha sustituido a la plaza, al jardín, la calle, el parque, etc. El centro comercial o shopping center, es el monumento a un estilo de vida que pretende arrancarnos de nuestra propia naturaleza para llevarnos hacia una sociedad automatizada.

 


Por ello no es de extrañar que en la novela la vida de los personajes gire en torno a él. Es el lugar donde todos quieren comprar e incluso vivir.
Al inicio de la obra, el alfarero Cipriano Algor es informado que sus piezas de barro han sido relegadas por objetos de plástico. Marta, su hija, le sugiere entonces elaborar un nuevo producto, propuesta que es aceptada por el encargado. No obstante, este nuevo producto será también rechazado ya que luego de hacer un focus group descubren su poca aceptación
. Cipriano Algor, en un gesto que revela toda su grandeza, le pregunta al encargado el nombre de las dos únicas personas que tuvieron una opinión favorable, pues tiene la intención de agradecerles personalmente. No olvidemos que Cipriano Algor es un artista, un alfarero, alguien que reivindica el derecho a la individualidad creativa. En una época en que las cadenas y centros comerciales prefieren una producción en serie dirigida a un estilo de vida uniforme y anodino, su conducta resulta un verdadero sacrilegio.

 

 

 

El Centro constituye una metáfora de los tiempos que vivimos. Imbuidos de un espíritu exitista, se desecha todo aquello que se considera prescindible para la idea que hoy se tiene de progreso.

La globalización emerge entonces con su rostro más descarnado, el del avasallamiento de todo valor o tradición que no sea compatible con esa noción de progreso y adelanto. Por ello, Cipriano Algor y su familia son relegados. Su mundo no es el de la superficie, es otro, pertenece al pasado.

En palabras del propio autor, La caverna cierra una involuntaria trilogía conformada por Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres, obras que nos permiten aproximarnos a la idea que Saramago tiene de esta época de transición y deshumanización finisecular que le ha tocado vivir.


"Hay quien se pasa la vida leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa".

En esta cita textual, extraída de la obra, se sintetiza mejor que con cualquier explicación alambicada la intención de Saramago. Después de todo, el bien y el mal aparecen en sus libros desprovistos de toda intención manipuladora. Somos sus lectores quienes debemos atravesar el caudaloso río de su imaginación para encontrar nuestras propias verdades.

LA CAVERNA


El relato de Platón se encuentra en el libro sétimo de La República, compara le dice allí Sócrates a Glaucón el estado de nuestra naturaleza, con el siguiente cuadro imaginario. Represéntate unos hombres encadenados en una especie de caverna subterránea. Allí desde su infancia los hombres están aherrojados por el cuello y las piernas, de manera que permanecen inmóviles y sólo pueden ver los objetos que tienen delante, pues las cadenas les impiden voltear. Detrás de ellos hay una hoguera y entre la hoguera y los cautivos se alza una tapia en la que caminan algunos hombres llevando consigo objetos de toda clase. Lo único que ven estos cautivos, son las imágenes de la caverna al resplandor del fuego. No son las cosas, son sólo su aparencia, su simulación.

Ven sombras nada más, pero su estado de cautiverio no les permite tener otra perspectiva. Su condena es la resignación, vivir en el engaño, en la simulación. En este momento del relato se produce el diálogo que sirve de epígrafe a Saramago: "Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros", le dice Glaucón a Sócrates, y Sócrates le replica: "Son iguales a nosotros. Los cautivos son iguales a nosotros". Saramago hace suya esta escena y nos la recuerda: La simulación, vivir en el engaño es hoy igualmente un peligro. Es necesario por ello huir de las verdades absolutas, de las ideas totalizantes que pretenden imponernos un modelo aplicable a cualquier espacio y a toda época.

Tal vez el mensaje final de La caverna no sea otro que el de recordarnos el siempre valioso beneficio de la duda.

Escribe Ricardo Delgado Rossi

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