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UN GATO VERDE EN LA MAGDALENA |
"La
Magdalena” era grande, hermosa y muy dulce. En las
noches escuchaba sus cantos, y en el día, sus alegrías.
Era divertida y sus historias apasionadas. Me enamoré
de ella aún siendo niño. Fue un amor a primera vista.
La miraba, la amaba y la deseaba. Bebía su vino, jugaba
y dormía con ella.
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Ahora
que es diciembre, la recuerdo con mucha nostalgia. He cambiado,
pero ella no, sigue siendo tan bonita como cuando reíamos juntos.
¿Qué
tan hermosa o apasionada era?
Pero,
por Dios, Magdalena no es una mujer. Es mi pueblo, es mi tierra.
Le llamaban “La Magdalena Vieja”, Pueblo Libre ahora.
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Sus
Navidades eran muy hermosas. Recuerdo el cine Florida,
una semana antes de Navidad de cada año regalaban
juguetes. En el 64, cuando tenía 6 años, me tocó un
gato verde y un carrito de madera que lo cuidaba con
mucho esmero hasta que mi hermano lo rompió. Con él,
en mis viajes imaginarios, recorrimos mil veces la
ruta Chimbote-Chile.
En
las noches dormía con el gato verde. Llegó a ser un
buen amigo. Me acompañaba hasta el parque Candamo para ver pasar
al tranvía por la Av. Sucre. Un día resbalé y caí. Mi gato se
perdió y no lo busque más. Como sello de esa amistad gatuna
llevo aún en mi frente, una cicatriz disimulada.
Me
acuerdo de la JAN (Junta de Asistencia Nacional) que funcionaba en
el hospital Santa Rosa, ahí donde nací. En épocas de Navidad,
nos obsequiaban leche en polvo, sin marca, pero rica. En sus
bolsas se leía: “Alianza para el Progreso”. Sí, eran parte
del programa de asistencia del presidente John F. Kennedy, para América
Latina. Fue la única leche que comía (nunca la tomé) por
iniciativa propia.
Noche
Buena era una fiesta popular. Cada niño mostraba su juguete. Me
acuerdo mucho la Navidad del 64. Recibí otros juguetes, pero era
feliz con mi gato verde, ya teníamos una semana de ser amigos y
sabía algunos secretos.
El
parque, frente a la Municipalidad se llenaba, las mujeres se
quedaban sentadas y los varones se iban al Queirolo. La Magdalena
se vestía de fiesta, hasta los soldados del cuartel de Artillería,
salían de franco. Eran las pocas ocasiones que nos acercábamos
hasta la puerta. Nunca entré, pero mi padre sí, porque hizo su
servicio militar en ese lugar.
Algunas
veces mi osadía me llevó a ingresar en la casa donde vivieron
José de San Martín y Simón Bolívar, conspicuos ciudadanos de
mi pueblo, raza provinciana pero alma libertaria. El museo, donde
trabajó Julio César Tello, ya lo conocía. Fui “hombre de
confianza” de don Juanito. Algunos días me convertía en el
celoso guardián de los bienes y tesoros de la historia de mi
pueblo.
Ahora
que vivimos los aires de la Navidad, recuerdo con mucha nostalgia
al tranvía, al carrito de madera, a la leche en polvo, a mi
pueblo, pero sobre todo, a mi gato verde. (César Sánchez Martínez).
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