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Diciembre 2000 -  No. 2293

Revista 2293
  UN GATO VERDE EN LA MAGDALENA

"La Magdalena” era grande, hermosa y muy dulce. En las noches escuchaba sus cantos, y en el día, sus alegrías. Era divertida y sus historias apasionadas. Me enamoré de ella aún siendo niño. Fue un amor a primera vista. La miraba, la amaba y la deseaba. Bebía su vino, jugaba y dormía con ella. 

Ahora que es diciembre, la recuerdo con mucha nostalgia. He cambiado, pero ella no, sigue siendo tan bonita como cuando reíamos juntos.

¿Qué tan hermosa o apasionada era?

Pero, por Dios, Magdalena no es una mujer. Es mi pueblo, es mi tierra. Le llamaban “La Magdalena Vieja”, Pueblo Libre ahora.

Sus Navidades eran muy hermosas. Recuerdo el cine Florida, una semana antes de Navidad de cada año regalaban juguetes. En el 64, cuando tenía 6 años, me tocó un gato verde y un carrito de madera que lo cuidaba con mucho esmero hasta que mi hermano lo rompió. Con él, en mis viajes imaginarios, recorrimos mil veces la ruta Chimbote-Chile.  

En las noches dormía con el gato verde. Llegó a ser  un buen amigo. Me acompañaba hasta el parque Candamo para ver pasar al tranvía por la Av. Sucre. Un día resbalé y caí. Mi gato se perdió y no lo busque más. Como sello de esa amistad gatuna llevo aún en mi frente, una cicatriz disimulada.

Me acuerdo de la JAN (Junta de Asistencia Nacional) que funcionaba en el hospital Santa Rosa, ahí donde nací. En épocas de Navidad, nos obsequiaban leche en polvo, sin marca, pero rica. En sus bolsas se leía: “Alianza para el Progreso”. Sí, eran parte del programa de asistencia del presidente John F. Kennedy, para América Latina. Fue la única leche que comía (nunca la tomé) por iniciativa propia.

Noche Buena era una fiesta popular. Cada niño mostraba su juguete. Me acuerdo mucho la Navidad del 64. Recibí otros juguetes, pero era feliz con mi gato verde, ya teníamos una semana de ser amigos y sabía algunos secretos.

El parque, frente a la Municipalidad se llenaba, las mujeres se quedaban sentadas y los varones se iban al Queirolo. La Magdalena se vestía de fiesta, hasta los soldados del cuartel de Artillería, salían de franco. Eran las pocas ocasiones que nos acercábamos hasta la puerta. Nunca entré, pero mi padre sí, porque hizo su servicio militar en ese lugar.

Algunas veces mi osadía me llevó a ingresar en la casa donde vivieron José de San Martín y Simón Bolívar, conspicuos ciudadanos de mi pueblo, raza provinciana pero alma libertaria. El museo, donde trabajó Julio César Tello, ya lo conocía. Fui “hombre de confianza” de don Juanito. Algunos días me convertía en el celoso guardián de los bienes y tesoros de la historia de mi pueblo.

Ahora que vivimos los aires de la Navidad, recuerdo con mucha nostalgia al tranvía, al carrito de madera, a la leche en polvo, a mi pueblo, pero sobre todo, a mi gato verde. (César Sánchez Martínez).

 

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