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Diciembre 2000 -  No. 2293

Revista 2293
  NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD

Desde  que en 1991 publicara su primera novela Nosotras que nos queremos tanto, Marcela Serrano ocupa un lugar prominente en la literatura latinoamericana. Nuestra Señora de la Soledad, su más reciente libro, nos permite un reencuentro con la obra de esta importante escritora chilena.  

Nacida en Santiago de Chile en 1951, Marcela Serrano tardó en decidir  su auténtica vocación. Estudió grabado y durante mucho tiempo se dedicó a las artes visuales; probablemente influyó en ella el hecho de evitar comparaciones ya que es hija de dos reconocidos escritores: una destacada novelista, y un ensayista de gran prestigio. Sin embargo, en 1991 su pasión por la literatura pudo más,  y decidió publicar Nosotras que nos queremos tanto, obra con la que obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz. 
Galardón otorgado a la mejor novela hispanoamericana escrita por mujeres, y que sirvió para consolidar su entonces naciente carrera literaria. La misma que se vería reforzada con la aparición de Para que no me olvides (1993), Antigua  vida mía (1995) y El albergue de las mujeres tristes (1997).  

Es por todos conocido el auge que la narrativa femenina ha vivido en nuestro continente en los últimos años. Teniendo entre sus principales protagonistas a  escritoras como Isabel Allende, Laura Esquivel, Angeles Mastretta, y la propia Marcela Serrano. Todas ellas con una obra que les ha permitido ganarse un lugar por derecho propio y demostrar esa capacidad inagotable de nuestra literatura para abrir caminos, ocupar nuevos espacios y encontrar renovados canales de expresión.

Marcela Serrano es además una ferviente defensora de la literatura escrita por mujeres. Uno de los aspectos en los cuales ha incidido es en el hecho de que la  literatura estuvo siempre dominada por los hombres, y han sido ellos básicamente los que han escrito sobre las mujeres. Baste para ello mencionar dos ejemplos clásicos: Ana Karenina y Madame Bovary, extraordinarias novelas pero que difícilmente pueden dar cuenta de una visión femenina. Las mujeres – como bien ha dicho Marcela Serrano- han sido entonces  “habladas, escritas y contadas por los hombres”, y era por ello imprescindible que se hiciera una literatura que  recogiera su propia perspectiva.

Cuando visitó  Lima hace tres años, hizo referencia a lo que ella entendía era el fin de un ciclo que había marcado hasta entonces la pauta de su creación literaria, y se planteaba la posibilidad de explorar otros ámbitos.

Al parecer, Nuestra Señora de la Soledad, novela de claro corte policial, sería parte de ese proceso de  búsqueda. La trama gira en torno a la misteriosa desaparición de Carmen Avila, una exitosa escritora con varias obras publicadas, en las que destaca la permanente presencia de Pamela Hawthorne, heroína que anima todas sus historias. La incógnita a despejar es si Carmen Avila ha sido secuestrada o ha decidido evadir la presión de ciertos problemas personales.

Tomás Rojas, esposo de la escritora y rector de una importante universidad chilena, contrata para desentrañar el misterio de su paradero a Rosa  Alvallay, detective que deberá entrevistarse con una serie de personas cercanas a ella, trasladándose de Chile a México, en pos de resolver el enigma. Asistimos entonces a la construcción de un personaje (Carmen Avila) a través de la descripción que hacen de ella quienes la conocieron. Cada cual desde su particular punto de vista, por cierto.

En un primer momento el principal sospechoso del secuestro es un guerrillero mexicano, pero esta presunción va diluyéndose a medida que la detective profundiza las investigaciones. Luego de entrevistarse con varias personas y de desechar diversas pistas, Rosa Alvallay descubrirá la verdad a través de Santiago Blanco, escritor mexicano y amigo de Carmen Avila. Atando cabos y siguiendo la pista correcta llegará a Oaxaca (lugar que tiene como patrona precisamente a Nuestra Señora de la Soledad), produciéndose el desenlace, cuyo trasfondo desborda la simple trama policial para internarse en los meandros de un conflicto existencial.

El talento de Marcela Serrano para contar historias aborda esta vez un género nuevo, en el que no resulta difícil advertir algunos rasgos que caracterizan lo mejor de su estilo, como la solidez que tiene la descripción de los personajes femeninos, por ejemplo. La obra, que no desmerece su anterior producción, nos abre sí una interrogante con respecto al rumbo que seguirá su trabajo creativo, y hace que esperemos con particular interés su próxima entrega.

 

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