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NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD |
Desde
que en 1991 publicara su primera novela Nosotras
que nos queremos tanto,
Marcela Serrano ocupa un lugar prominente en la literatura
latinoamericana. Nuestra Señora de la Soledad,
su más reciente libro, nos permite un reencuentro con la obra de
esta importante escritora chilena.
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Nacida
en Santiago de Chile en 1951, Marcela Serrano tardó en decidir
su auténtica vocación. Estudió grabado y durante mucho
tiempo se dedicó a las artes visuales; probablemente influyó en
ella el hecho de evitar comparaciones ya que es hija de dos
reconocidos escritores: una destacada novelista, y un ensayista de
gran prestigio. Sin embargo, en 1991 su pasión por la literatura
pudo más, y decidió
publicar Nosotras que nos queremos tanto, obra con la que obtuvo el premio
Sor Juana Inés de la Cruz.
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Galardón otorgado a la mejor novela
hispanoamericana escrita por mujeres, y que sirvió para
consolidar su entonces naciente carrera literaria. La misma que se
vería reforzada con la aparición de Para
que no me olvides (1993), Antigua
vida mía (1995) y El
albergue de las mujeres tristes (1997).
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Es
por todos conocido el auge que la narrativa femenina ha vivido en
nuestro continente en los últimos años. Teniendo entre sus
principales protagonistas a escritoras
como Isabel Allende, Laura Esquivel, Angeles Mastretta, y la
propia Marcela Serrano. Todas ellas con una obra que les ha
permitido ganarse un lugar por derecho propio y demostrar esa
capacidad inagotable de nuestra literatura para abrir caminos,
ocupar nuevos espacios y encontrar renovados canales de expresión.
Marcela
Serrano es además una ferviente defensora de la literatura
escrita por mujeres. Uno de los aspectos en los cuales ha incidido
es en el hecho de que la literatura
estuvo siempre dominada por los hombres, y han sido ellos básicamente
los que han escrito sobre las mujeres. Baste para ello mencionar
dos ejemplos clásicos: Ana Karenina y Madame Bovary,
extraordinarias novelas pero que difícilmente pueden dar cuenta
de una visión femenina. Las mujeres – como bien ha dicho
Marcela Serrano- han sido entonces
“habladas, escritas y contadas por los hombres”, y era
por ello imprescindible que se hiciera una literatura que
recogiera su propia perspectiva.
Cuando
visitó Lima hace
tres años, hizo referencia a lo que ella entendía era el fin de
un ciclo que había marcado hasta entonces la pauta de su creación
literaria, y se planteaba la posibilidad de explorar otros ámbitos.
Al
parecer, Nuestra Señora de
la Soledad, novela de claro corte policial, sería parte de
ese proceso de búsqueda. La trama gira en torno a la misteriosa desaparición
de Carmen Avila, una exitosa escritora con varias obras
publicadas, en las que destaca la permanente presencia de Pamela
Hawthorne, heroína que anima todas sus historias. La incógnita a
despejar es si Carmen Avila ha sido secuestrada o ha decidido
evadir la presión de ciertos problemas personales.
Tomás
Rojas, esposo de la escritora y rector de una importante
universidad chilena, contrata para desentrañar el misterio de su
paradero a Rosa Alvallay, detective que deberá entrevistarse con una serie
de personas cercanas a ella, trasladándose de Chile a México, en
pos de resolver el enigma. Asistimos entonces a la construcción
de un personaje (Carmen Avila) a través de la descripción que
hacen de ella quienes la conocieron. Cada cual desde su particular
punto de vista, por cierto.
En
un primer momento el principal sospechoso del secuestro es un
guerrillero mexicano, pero esta presunción va diluyéndose a
medida que la detective profundiza las investigaciones. Luego de
entrevistarse con varias personas y de desechar diversas pistas,
Rosa Alvallay descubrirá la verdad a través de Santiago Blanco,
escritor mexicano y amigo de Carmen Avila. Atando cabos y
siguiendo la pista correcta llegará a Oaxaca (lugar que tiene
como patrona precisamente a Nuestra Señora de la Soledad),
produciéndose el desenlace, cuyo trasfondo desborda la simple
trama policial para internarse en los meandros de un conflicto
existencial.
El
talento de Marcela Serrano para contar historias aborda esta vez
un género nuevo, en el que no resulta difícil advertir algunos
rasgos que caracterizan lo mejor de su estilo, como la solidez que
tiene la descripción de los personajes femeninos, por ejemplo. La
obra, que no desmerece su anterior producción, nos abre sí una
interrogante con respecto al rumbo que seguirá su trabajo
creativo, y hace que esperemos con particular interés su próxima
entrega.
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