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Escribe
Sara Beatriz Guardia
Los
primeros libros de cocina llegaron a Lima con las damas y monjas
españolas. Obras como el Libro
de Arte de Cocina de Diego Granado, publicado en 1599, y Arte
de Cocina, Pastelería, Biscochería y Conservería, de
Francisco Martínez Montiño, cocinero Mayor del Rey que data de
1617 fueron las obras pioneras.
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Se
originó así, con el transcurrir del tiempo, una perfecta
combinación de recetas y gustos con nuestros productos.
Aparecieron nuevos platos que colmaron las mesas con sabrosos
guisos, suculentos estofados de carne y exquisitos postres, muchos
de los cuales se preparaban en conventos de clausura como el Convento de La Encarnación, famoso por sus
pastas de almendras, el de Santa Catalina por sus dulces, y el de
Santa Clara por los frejoles Terranova.
Instaurada
la República, se podría decir que nuestros productos y gastronomía
eran ya famosos como podemos apreciar en las Memorias sobre las
campañas de San Martín y Cochrane en el Perú, que escribiera un
viajero inglés llamado William Bennet Stevenson. Al describir el
mercado principal y los platos que se consumían mayoritariamente
hacia 1830, no oculta su admiración ante el espectáculo que
presentaba el mercado a las cinco de la mañana. Es, dice, uno de
los lujos más grandes de que la vista puede disfrutar.
Detalla
sin escatimar elogios la excelencia de las carnes, y se asombra
sobre todo de aquellas saladas y secas traídas principalmente del
interior. “Estas son – agrega-, el charque, la cecina, carne
salada y ahumada o secada al sol; jamones, tocino y cabrito helado
de la cordillera, cuyo alimento es el más delicado; hay
igualmente muchas clases de pescado: pescado salado,
principalmente bacalao de Europa, tollo, congrio, gran abundancia
de corvina, jureles, macarel, chita, platija, rodaballo, pejerrey,
lisa, anchoveta, etc., y los excelentes camarones de los ríos,
algunos de los cuales tienen más de seis o siete pulgadas".
El
mercado de frutas también le parece espléndido porque suministra
las frutas más deliciosas de Europa, y las originarias del Perú.
Hay – escribe-, uva de diversas variedades,
duraznos (el abridor y el melocotón), manzanas, peras,
granadas y fresas. Además,
una abundancia de deliciosas frutas como la piña, melón,
granadillas, lúcuma, nísperos, guayabas, paltas, guanábanas,
naranjas, limas, limones, toronjas, plátanos “y sobre todo, la
chirimoya, reina de las frutas tropicales”.
Pero
el asombro es mayor en William Bennet Stevenson cuando describe
algunos platos que se
consumían en Lima en ese entonces.
La carapulcra, dice, “consiste en papa secas, nueces y
garbanzos resecados y pulverizados, que después de hervir
adquieren consistencia mezclándose con carne”. Mientras que el
chupe “se hace cocinando papas, queso y huevos juntos y después
añadiéndole pescado frito; es un plato favorito no sólo durante
los días de abstinencia sino en todo el año”.
Entre
la diversidad de recetas, son dos platos los que más llaman la atención del viajero inglés: con los cuyes
“hacen un plato muy delicado; son tostados y después aderezados
con gran cantidad de ají, apanados hasta tener la consistencia de
la pasta; algunas veces se añaden papas, nueces moscadas y otros
ingredientes. Este es el favorito de los platos picantes y para mi
gusto es extremadamente delicado".
Y,
el otro, es el pepían, un “plato favorito entre los nativos
quienes cuentan que al ser presentado al Papa por un cocinero
americano, éste exclamó: ¡felice indiani, que manducat
pepiani!, que quiere decir, felices los indios que comen pepián”.
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