Una
disyuntiva siempre presente, y que se refuerza en tiempos de crisis,
es ¿cómo salir de la “fiebre” en que se encuentran muchas
empresas? ¿Cómo poner las cifras en azul gastando menos o
consiguiendo mayores ingresos?
En
tal situación, una alternativa bastante ponderada por muchos es la
del recorte de gastos. Vale decir, reduciendo personal y horas extras,
desapareciendo unidades y funciones, etc. Pero, ¿es esto totalmente válido?
Evidentemente,
muchas veces lo es. Es claro que si la demanda baja, no tiene sentido
mantener una oferta pensada para los buenos tiempos.
Sin
embargo, algunas veces el recorte adopta una figura equivalente a que
alguien para bajar de peso, se ampute algunos dedos de la mano y se
cercene un pie... Para bajar de peso, sólo hay que reducir la grasa
del cuerpo. En la esfera empresarial se debe eliminar el desperdicio.
Todas las actividades que desarrolla una empresa se
enmarcan dentro de procesos específicos que son secuencias de
actividades que utilizan insumos y producen bienes y servicios de
valor para sus clientes (externos e internos). Entre éstos están la
atención de un pedido, un reclamo, una solicitud de abastecimiento, o
la elaboración de un plan que son algunos procesos de negocio típicos.
Pues
bien, los procesos están diseñados atendiendo a principios o
paradigmas que, a pesar de las buenas intenciones, los llenan por
todos lados de desperdicio.
Entre
esos principios se encuentra el organizar la empresa por
especialidades y no por procesos, el dividir la decisión de la
ejecución, el pretender controlar todo y el añadir en forma
progresiva controles adicionales cada vez que sucede algo o ingresa un
nuevo gerente.
Estos
elementos producen, como lo muestra la experiencia práctica, que el
50% o más de las actividades de la empresa sean desperdicio
(traslados, esperas, controles). Es decir, se paga a la gente para que
la mitad de su tiempo haga algo útil y el resto haga desperdicio.
El
efecto de lo anterior no se limita al campo de los costos: limita el
desarrollo de capacidades del personal, frena la creatividad,
desmotiva, reduce el compromiso y exige tener “capataces” que
obliguen a trabajar (lo cual a su vez agrava el problema de motivación).
Además,
desvía la atención de los ejecutivos hacia lo importante. De otro
lado, incrementa el tiempo de atención a los clientes afectando su
satisfacción.
Es
imprescindible revisar tales principios e ir hacia una nueva
organización dinámica, organizada en base a equipos de proceso,
dotados con la capacidad de resolver problemas y tomar decisiones
ahí donde ocurren las cosas, pasar de tener jefes a
entrenadores, diseñar una forma alternativa de control basada en
indicadores y en resultados, unir la remuneración a estos resultados,
entre otros aspectos.
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Consultor en Reingeniería de Procesos.
jalfageme@terra.com.pe