El
pasado 12 de octubre hubiera cumplido 100 años, pero se fue a los 93.
Vino con el siglo, como alguna vez escribió. También se fue con él,
pero nos dejó más de un centenar de obras. ¿Su nombre? Luis Alberto
Sánchez Sánchez.
Lo
conocí en las postrimerías de su vida, en 1983. Charlamos algunas
veces. Unas, en su oficina del tercer piso del Congreso; otras, en el
local del Partido Aprista Peruano; pero más, en su viejo despacho del
Jr. Moquegua, en Lima. Esa vetusta oficina, testigo de los años
vividos por este insigne representante de la literatura peruana.
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“Dr.
Sánchez, me permite una entrevista”, era mi carta de presentación
para acercarme a él. Nunca me preguntó “¿de qué medio es?”.
Siempre estuvo dispuesto a contestar, aunque sea por unos minutos. Más
de un reportero fue corregido públicamente por una pregunta
inconsistente o errónea.
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“¿Cómo
lo sabe. Usted estuvo ahí?”. Era, muchas veces, la
respuesta ante una pregunta comprometedora. Olvidábamos que LAS también
fue un sagaz periodista, aparte de escritor, político, abogado y
sobre todo, maestro.
Tuve
el privilegio de iniciar con él mis entrevistas radiales en directo
(favor que me hizo) para el entonces influyente Noticiero de Radio América.
Posteriormente, la mitad de esa redacción pasó a formar parte de la
naciente “Rotativa del Aire” (RPP).
En
el verano de 1986, nos comentó que utilizaba un juegos de luces para
guiarse en su casa. A cada ambiente le correspondía un determinado
color. Ya estaba perdiendo la vista. Formó junto con Ramiro Prialé,
Andrés Towsend Escurra y Armando Villanueva del Campo, el cuarteto de
líderes herederos del pensamiento indoamericano de Haya de la Torre.
Fue
amigo y compañero de estudios en la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos, de Raúl Porras Barrenechea, César Vallejo y Jorge Basadre,
por citar a algunos librepensadores.
Confesamos
que lo “conocimos” en los años 70 a través de “La
Perricholi”, y luego con “Perú: Retrato de un país
adolescente”. Efectivamente éramos adolescentes. Sentíamos el espíritu
del escritor cuando en lugar de ir al colegio, recorríamos la Alameda
de los Delcalzos, la plaza de Acho y el Paseo de Aguas.
Eran
los años de la seudo revolución peruana que patrocinaba la dictadura
militar del Gral. Juan Velasco Alvarado. Mi padre trabajaba entonces
en una editorial y los únicos “juguetes” que podía adquirir para
sus hijos eran los libros que se editaban. Fue así que conocí a LAS,
entre el aroma de un turbio café y la luz de una vela.
El
LAS de carne y hueso era distinto al que habíamos leído cuando
saltamos de la niñez a la vida adulta, pero con cara de niño.
En
1989, una tarde de otoño ingresó el maestro al legendario
“Cordano”. Saludó a los mozos y se dirigió a su lugar
acostumbrado. Era el rincón que colinda con la calle y se conecta con
la estación ferroviaria de Desamparados. Probablemente ahí se inspiró
para escribir sobre la vida de la muy limeñísima Micaela Villegas,
amante indomable del virrey Manuel Amat y Juniet.
El
escritor no pidió nada. Sólo se sentó e inmediatamente le
sirvieron, su también acostumbrado plato de los días jueves. (César
Sánchez Martínez)