LOS AMIGOS
QUE PERDÍ
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Jaime Bayly |
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Jaime Bayly (Lima 1965), gozaba de
una bien ganada popularidad gracias a su presencia en nuestra televisión, cuando en 1994
decidió publicar su primera novela No se lo digas a nadie e incursionar en
el siempre difícil mundo de la narrativa, generando por su temática una serie de
controversias y escándalos que lo ayudaron no poco en lo que sería su nuevo oficio. Desde entonces, el tema de la homosexualidad y la
vida disipada de cierto sector de la juventud limeña ha sido el hilo conductor de buena
parte de su narrativa. Sin embargo, el éxito de venta y masiva difusión que parece
acompañarlo no ha tenido adecuada contrapartida en lo que a la crítica se refiere; en
general, un amplio sector de ésta ha ubicado a Bayly en los predios de una literatura
fácil y ha observado con desdén su obra. Ello, no obstante, el autor ha insistido con
singular dedicación en lo que parece ser una auténtica vocación literaria. |
Por
Ricardo Delgado Rossi
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Sólo así se explica lo prolífico de su creación, a razón de un
libro por año: No se lo digas a nadie (1994); Fue ayer y no me acuerdo
(1995); Los últimos días de La Prensa (1996); La noche es virgen (1997); Yo
amo a mi mami (1998) y Los amigos que perdí (2000).
Alguna vez refiriéndose al genial Orson Welles, un cronista
señaló que aquellos que alcanzan el éxito a temprana edad, se consideraban a sí mismos
unos impostores e iban por la vida pensando que alguien tarde o temprano los
desenmascararía. Este parece ser uno de los leit motiv que impulsa la escritura de Los
amigos que perdí, libro donde Jaime Bayly retoma algunos de sus temas conocidos: la
homosexualidad, el recuerdo esta vez distante de algunas noches de juerga, su paso por un
desaparecido diario limeño y su temprano rol estelar en la televisión. El eje de la obra
gira básicamente en torno a la amistad destruida por las desavenencias y el paso del
tiempo, entregándonos un descarnado recuento de la vida de Manuel, personaje a través
del cual nos da tantas pistas que no resulta temerario hacer un inevitable paralelo con el
autor. Tampoco escatima rasgos y detalles para ayudarnos a identificar a los destinatarios
de las 5 cartas en las que se divide la estructura del libro.
Las características esenciales de la obra son similares a las de su
narrativa anterior: una prosa fluida y un agudo sentido del humor que se desborda en una
ironía que alcanza su mejor momento en la última carta, aquella dirigida al ilustre
doctor Guerra.
Bayly ratifica también en este libro un manejo del lenguaje que lo
aproxima a la oralidad, rasgo peculiar de narrar que tiene en Alfredo Bryce a su figura
mayor y tal vez paradimática.
En suma, encontramos en esta novela una reiteración de virtudes y
carencias que ya advirtiéramos en sus obras precedentes. Tal vez sea el momento de buscar
nuevos temas y otros registros que le permitan una relación fresca y renovada con su
narración literaria.
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