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LETRAS                                                                                                                Edición 2290 - Agosto, 2000   

Edición 2290-Agosto  

LOS AMIGOS QUE PERDÍ

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Jaime Bayly

Jaime Bayly (Lima 1965), gozaba de una bien ganada popularidad gracias a su presencia en nuestra televisión, cuando en 1994 decidió publicar su primera novela No se lo digas a nadie e incursionar en el siempre difícil mundo de la narrativa, generando por su temática una serie de controversias y escándalos que lo ayudaron no poco en lo que sería su nuevo oficio.

Desde entonces, el tema de la homosexualidad y la vida disipada de cierto sector de la juventud limeña ha sido el hilo conductor de buena parte de su narrativa. Sin embargo, el éxito de venta y masiva difusión que parece acompañarlo no ha tenido adecuada contrapartida en lo que a la crítica se refiere; en general, un amplio sector de ésta ha ubicado a Bayly en los predios de una literatura fácil y ha observado con desdén su obra. Ello, no obstante, el autor ha insistido con singular dedicación en lo que parece ser una auténtica vocación literaria.

Por Ricardo Delgado Rossi

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Sólo así se explica lo prolífico de su creación, a razón de un libro por año: No se lo digas a nadie (1994); Fue ayer y no me acuerdo (1995); Los últimos días de La Prensa (1996); La noche es virgen (1997); Yo amo a mi mami (1998) y Los amigos que perdí (2000).

Alguna vez refiriéndose al genial Orson Welles, un cronista señaló que aquellos que alcanzan el éxito a temprana edad, se consideraban a sí mismos unos impostores e iban por la vida pensando que alguien tarde o temprano los desenmascararía. Este parece ser uno de los leit motiv que impulsa la escritura de Los amigos que perdí, libro donde Jaime Bayly retoma algunos de sus temas conocidos: la homosexualidad, el recuerdo esta vez distante de algunas noches de juerga, su paso por un desaparecido diario limeño y su temprano rol estelar en la televisión. El eje de la obra gira básicamente en torno a la amistad destruida por las desavenencias y el paso del tiempo, entregándonos un descarnado recuento de la vida de Manuel, personaje a través del cual nos da tantas pistas que no resulta temerario hacer un inevitable paralelo con el autor. Tampoco escatima rasgos y detalles para ayudarnos a identificar a los destinatarios de las 5 cartas en las que se divide la estructura del libro.

Las características esenciales de la obra son similares a las de su narrativa anterior: una prosa fluida y un agudo sentido del humor que se desborda en una ironía que alcanza su mejor momento en la última carta, aquella dirigida al ilustre doctor Guerra.

Bayly ratifica también en este libro un manejo del lenguaje que lo aproxima a la oralidad, rasgo peculiar de narrar que tiene en Alfredo Bryce a su figura mayor y tal vez paradimática.

En suma, encontramos en esta novela una reiteración de virtudes y carencias que ya advirtiéramos en sus obras precedentes. Tal vez sea el momento de buscar nuevos temas y otros registros que le permitan una relación fresca y renovada con su narración literaria.

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