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Edición Julio 2000         Revista Junio 2000

LITERATURA

ESCRITOR, POETA Y ACADÉMICO SANMARQUINO

¡Cómo olvidar a Manuel Liendo

   
Es dueño de una voz personal, desde la cual se reconoce como tributario de la lírica hispanoamericana y de autores como los mexicanos José Emilio Pacheco, Jaime Sabines o el chileno Enrique Lihn.

Manuel Liendo Seminario (Lima, 1959), ha publicado De partisanos y otras mudanzas (1988) y recientemente Tanto enamorarse para morir (1999). Nos de sus libros, su experiencia y, por cierto, de su poesía.

Entrevista de Ricardo Delgado Rossi

Han transcurrido once años entre un libro y otro, ¿Por qué ese tiempo?

Tengo la buena costumbre de no publicar todo lo que escribo. La poesía en ese sentido no es un oficio que me exija de la publicación para sentir que estoy haciéndola. Creo que la exigencia misma de empezar a afinar el texto, suprimir palabras o incluir palabras es una forma también de quemar etapas.

Este último libro es una antología de varios poemarios. Sentí la necesidad de publicarlo. No obstante, considero que he logrado cierta organicidad, bajo un común denominador que es el amor, pero no el amor trágico como aparentemente lo sugeriría el libro, sino la ambigüedad y ampliando sus significados.

Háblanos del libro...

Está organizado en cuatro partes. De un lado los poemas que tienen un tono lírico; luego los textos breves que integran La casa azul; Carril travieso que es un tono ligero y fresco, alejado de esa poesía densa; y finalmente la parte referente a un suceso concreto y penoso que fue la muerte de mi sobrina María Eugenia, una historia que me conmovió y que marcó definitivamente un hito.

¿Qué diferencia adviertes en relación a tu primer libro?

Tiene una mayor madurez. Mi primer libro diría que fue más ambicioso. Tal vez experimenté más. Siento que estaba en una búsqueda de significantes. Ya no soy un poeta bisoño, ahora sé lo que quiero decir y cómo decirlo. Veo una notable diferencia con mi primer libro.

¿Qué influencias reconoces?

Podría mencionar a Thomas Stearns Eliot o Ezra Pound. Pero al margen de esas lecturas, me siento muy cómodo con la poesía hispanoamericana, y con autores como José Emilio Pacheco, Jaime Sabines o Enrique Lihn, que son poetas que finalmente asimilaron a esos otros grandes poetas.

Tengo con ellos una afinidad que viene de la relectura. Cuando uno encuentra un alma gemela, recurre siempre a ella. Claro, sin dejar de lado otras grandes voces de la literatura y de la poesía. Pero no sólo en la lectura de la poesía, también en la lectura de la narrativa considero que hay hallazgos sumamente importantes.

Por ejemplo, al leer a Eduardo Galeano o Augusto Monterroso, que aunque parezca contradictorio, que incluso leyendo a los mismos teóricos de la literatura, como es el caso de Roland Barthes, uno encuentra que hay textos de ellos que son dignos de la mejor antología poética.

Creo que hay autores dejados de lado, tal vez por su marginalidad, como Macedonio Fernández, a quien Borges tanto admiraba.

¿La narrativa no te atrae como creador?

Me atrae como una lectura creativa. No olvidemos que soy profesor, de modo que ese enriquecimiento es parte de mi trabajo. Ciertamente para mí la narrativa es algo estimulante y lo tomo también como parte de mi labor creativa. Lo peor que se puede hacer es obligar a la lectura. La literatura nace de las experiencias y en un momento determinado uno quiere contar esas experiencias. Uno quisiera que queden, que sean inolvidables y para eso basta una reflexión, una palabra, hasta que dice: ¡Bueno, mejor lo escribo! También influyen en ello el autor o las lecturas que nos van a marcar para siempre.

Pero, ¿cómo llegas a la poesía?

Llego a la poesía por una cuestión circunstancial. Mi hermano mayor había musicalizado versos de Vallejo y yo maravillado traté de hacer lo mismo. Fui haciendo entonces mis propias letras y me fui dando cuenta que esas letras tenían un carácter literario. Lo demás vino solo.

¿Qué es para ti la poesía?

Es algo que me ayuda a sentirme mejor, a sentirme útil. La poesía en el fondo es parte de mi vida. Siempre estoy, aunque no escriba, en esa disposición de decirme a mí mismo: esto puede ser poético o qué bien suena esta palabra.

Entonces es algo inevitable. Ahora, tampoco me interesa en absoluto moverme en esos pequeños círculos de personas que se encargan de dictaminar quién es y quién no es poeta. No me voy a someter a una opinión circunspecta, que pretende pontificar sobre lo bueno o lo malo.

LA UNIVERSIDAD

¿San Marcos?

San Marcos es un lugar donde aprendí a sentir, a hacer y a vivir la poesía. Me permitió ver también la radiografía del país. Es un lugar que nunca voy a dejar, un recuerdo constante, algo que siempre llevo conmigo.

A pesar de todos sus problemas, creo que San Marcos fue una experiencia inolvidable y enriquecedora. Tuve la suerte de conocer extraordinarios maestros que dictaban los cursos en sus casas, abriéndonos las puertas de sus bibliotecas con una generosidad poco usual.

¡Cómo olvidar a Francisco Carrillo!, ¡"Paco" Carrillo! Qué no sólo nos enseñó literatura, nos enseñó también que un profesor ante todo es un motivador, un hermano mayor. Cómo olvidarme de Paco, si terminábamos en su casa a altas horas de la noche leyendo las crónicas de indias, absolutamente imbuidos de ese amor que Paco supo transmitirnos por la literatura.

¡Cómo olvidar a Washington Delgado y sus clases impecables sobre el siglo de oro español! A Antonio Cornejo Polar, que nos enseñó a pensar el Perú con nuestras propias ideas y a interpretarlo de manera cabal en su totalidad contradictoria. Antonio Cisneros, y su erudición respecto a la poesía francesa o inglesa; ¡Cómo olvidar a Raúl Bueno!, ante todo poeta y además un magnífico profesor, que nos enseñó que la teoría literaria también es poesía, brindándonos generosamente sus libros y su invalorable amistad.

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