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Edición Julio 2000      Revista Junio 2000

SERVICIOS

El síndrome de la competitivitis

Por Francisco Bobadilla Rodríguez (*)

Tal como están las cosas pareciera que estamos condenados a competir, pues, es un asunto de supervivencia: o tu vida o la mía. Pero glosando a Handy, si esto lo tomamos en serio, el asunto "tiene visos de pesadilla sin final y sin ganador. Sólo una empresa puede ser el líder del sector; sólo un país puede estar en la cima económica; siempre hay vecinos muy ricos o de más éxito con quienes compartamos".

Competir, salir a ganar y tener afán de logro son magníficos ingredientes de una sana mentalidad emprendedora que se corrompen cuando se tornan en obsesión que desprecia e ignora otras dimensiones de la persona y de la dinámica social.

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Conocemos las ventajas de competir: mantiene despiertos a los jugadores, genera unas rutinas de entretenimiento, agudiza el ingenio con creatividad, genera nuevas estrategias y abarata costos. Acostumbramos decir que el gran beneficiado es el cliente (externo) y así suele ser. Pero también nos queda claro que hay un punto en donde la competencia se puede volver en contra de sus creadores, es la "competitivitis", inflación de la competencia desbocada que no deja títere con cabeza.

Al interior de la empresa la suelen sufrir los clientes internos y los proveedores; ya no solo se compite contra otras empresas, sino que el empleado se las tiene que ver con sus mismos compañeros o con sus jefes. Es el momento de parar, respirar hondamente e intentar poner las cosas en su sitio: la competencia es un medio, no un fin y los seres humanos añoramos la cooperación, los momentos de sosiego, la confianza. No podemos estar las 24 horas del día defendiéndonos de la "competencia".

Hay un riesgo que es oportuno evitar cuando se está en juegos competitivos y es que pueden degenerar en juegos de suma negativa: todos perdemos. Resulta que hay situaciones en la que el perdedor arrastra en su caída al ganador y, lo que pudo ser un triunfo, se convierte en tragedia para todos.

La forma más usual se grafica con la frase "patear el tablero": es el jugador que está acorralado y es sólo cuestión de tiempo su inminente derrota; su salida es hacia delante, desparrama las fichas y se acabó. No hay ganador, sólo perdedores. O ese otro ejemplo que nos puede resultar familiar: La mamá le pide al niño que invite chocolate a la hermanita. El chico no quiere, y ante la insistencia de mamá, opta por botar el chocolate y muy molesto le dirá a su hermanita: "Ni para ti ni para mí".

Hagamos ahora la disección de estos ejemplos, pues arrojan lecciones que convienen tener en cuenta. ¿Cuál es el perfil humano y situacional del que patea el tablero? En el primero se trata de una persona acorralada, que ya no tiene recursos y sabe que no puede hacer nada para revertir la situación. No está preparado para perder y decide morir matando. En el segundo, nos encontramos con una persona inmadura, impaciente e incapaz de resistir presión.

Jugar con un competidor intemperante tiene sus riesgos, de ahí que el jugador ponderado procurará no llevar la competencia hasta los límites de resistencia de su contrincante; hacerlo así sería una muestra de poca madurez y clara provocación.

Por eso, no le falta razón a Handy cuando dice que "la competencia es saludable, tal vez, incluso esencial, pero ha de haber algo más en la vida que ganar, de lo contrario, prácticamente todos seríamos perdedores". Sí, la competencia es saludable, pero no lo es todo.

(*) Director general de la Escuela de Dirección Intermedia, CAME.

Miembro del Subcomité de Consultoría y Asesoría Empresarial de La Cámara.